Guanajuato, Gto., 23 de septiembre de 2026.— “Cuando veo este escenario, pienso en poder soñar de nuevo, ser libre”, dice D’Artagnan. O, mejor dicho, Luis, la persona privada de la libertad que durante los últimos meses aprendió a convertirse en él.
Faltan unos minutos para que Más allá del honor vea la luz ante el público. Mientras tanto, en el Centro de Prevención y Reinserción Social de la capital, detrás del escenario hay nervios. Alguien repasa un diálogo, otro acomoda parte del vestuario y las espadas esperan su turno. En los pasillos que conducen al “teatro”, unas catacumbas construidas con huesos y calaveras de cartonería anticipan el universo que está por cobrar vida. Todo parece listo, pero esta obra tiene su historia.

Comenzó el 10 de febrero, con Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, como punto de partida. Vinieron después meses de lectura, conversaciones, ensayos y un proceso de adaptación que llevó la historia del papel al escenario. En el camino, dejó de ser solamente la aventura de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis para tomar una nueva forma y un nuevo nombre: Más allá del honor.
Durante más de siete meses, alrededor de la obra crecieron otros oficios. Hubo que fabricar muebles y espadas, levantar y desmontar escenarios, construir catacumbas, resolver el vestuario y aprender movimientos, diálogos y silencios. Mientras unos construían personajes, otros construían literalmente el lugar donde esos personajes cobrarían vida.

Una de las personas privadas de la libertad participantes comenzó precisamente ahí, en carpintería, fabricando mobiliario para la tramoya y ayudando a montar el escenario. Juan Antonio no tenía pensado actuar. “Yo lo veía imposible para mí”, recuerda.
Cuando uno de los integrantes dejó el elenco, llegó la propuesta de ocupar su lugar y el escenario que había ayudado a levantar ahora le pedía algo diferente: atreverse a subir a él.

Sus compañeros llevaban meses de ventaja y temía equivocarse o retrasar el trabajo que ya habían construido. Pero ocurrió algo que también sucede detrás del telón y que difícilmente alcanza a ver el público: “Ellos me cobijaron mucho para echarle ganas y poder sacar esto adelante”. Hoy interpreta al capitán de Tréville.
Algo parecido ocurrió con Juan Gerardo. También comenzó entre utilería, muebles, espadas y escenarios hasta que un cambio en el elenco lo colocó frente a un reto inesperado: tenía menos de 15 días para convertirse en Porthos. Durante una semana, el libreto lo acompañó prácticamente a todas partes; estudió de día, por la tarde y antes de dormir, hasta que llegó la primera función y apareció el mosquetero.

Para otros, el desafío fue distinto. No tuvieron que aprender un personaje a contrarreloj, sino desprenderse por unos momentos de gestos y hábitos propios para descubrir cómo se camina, se mira y se habla cuando uno se convierte en alguien más.
Juan, quien interpreta al Conde de Rochefort, lo explica a partir de algo aparentemente pequeño: la mirada. Después de años dentro de un centro penitenciario, cuenta, hay posturas que terminan incorporándose a la rutina. El teatro le pidió algo diferente: levantar la cabeza, mirar de frente, proyectar la voz y aprender a ocupar el escenario.

“Llegó la maestra y nos hizo destruir quiénes éramos para poder crear al personaje. Nos enseñó a volver a mirar hacia arriba”, recuerda.
Juan también dejó algo suyo fuera de la actuación, participó en la adaptación del guion y en la elaboración de las piezas que recrean las catacumbas de París. Después de meses de trabajo encontró otra manera de explicar lo que sucede cuando pisa las tablas: “El teatro me permite, en un espacio, ser libre”.

Luis Enrique, quien interpreta a Milady de Winter, una de las antagonistas de la historia, enfrentó otro proceso. Para comprender al personaje hubo que buscarlo primero en la novela y conocer su historia, preguntarse qué había detrás de sus decisiones. Estuvo a punto de abandonar el papel porque subir al escenario también significaba exponerse a la mirada de los demás y enfrentar inseguridades propias.
Permaneció. Ensayó. Construyó a Milady. Y después de meses interpretando a una persona distinta encontró una reflexión que rebasa el escenario: “Así como todos mis compañeros han actuado y se han transformado en un personaje, también podemos transformar nosotros mismos nuestra vida”. Al terminar la presentación, los aplausos crecieron hasta convertirse en una ovación para Milady, el mismo personaje que meses atrás estuvo a punto de dejar.

Luis, quien da vida a D’Artagnan, también encontró algo propio en aquel joven que emprende un camino para perseguir el sueño de convertirse en mosquetero.
Construirlo, explica, significó entender que memorizar un libreto no era suficiente: “Te puedes aprender el guion, pero si no tratas de sentir lo que siente el personaje o lo que vivió, realmente no vas a poder interpretarlo”.
Al principio se acercó al teatro buscando simplemente participar en una actividad.

Meses después habla de algo distinto: “Esta obra me permitió poder liberarme y expresarme de lo que no puedo expresar muchas veces”. Quizá por eso, cuando mira el escenario terminado y le piden completar una frase, no habla de Dumas, de espadas ni siquiera del Cervantino. Habla de la posibilidad de “soñar de nuevo”.
Y mientras ellos esperan detrás del escenario, del otro lado también hay historias.
Entre el público están algunas de sus familias, observando personajes que durante meses solamente habían existido entre ensayos, conversaciones y llamadas.
Fabiola reconoce que jamás imaginó ver a su ser querido participando en una obra de teatro. Ahora lo mira actuar y habla de alegría, orgullo y acompañamiento. “Siempre

voy a estar con él para todo y donde quiera que esté […] en las buenas y en las malas”, dice.
Otra familiar, cuyo nombre se mantiene en reserva, habla también del orgullo de observar el proceso de su ser querido y resume en unas cuantas palabras: “Lo quiero mucho […] aunque no venga muy seguido, siempre lo voy a querer”.
Para una de las personas privadas de la libertad, saber que Más allá del honor podrá llegar a públicos fuera del Centro significa precisamente eso: permitir que su familia conozca algo que construyó ahí y pueda sentirse orgullosa. Porque detrás de los personajes también existen vínculos que continúan acompañando procesos desde el exterior.
La obra será grabada para formar parte de la edición 54 del Festival Internacional Cervantino, a través del Proyecto Ruelas. La coincidencia parece escrita para el propio escenario: una adaptación nacida de la obra del francés Alejandro Dumas llegará al Cervantino precisamente en una edición que tiene a Francia como país invitado de honor.

Para el secretario de Seguridad y Paz, Juan Mauro González Martínez, lo que sucede alrededor de Más allá del honor muestra una manera de entender la reinserción como parte de la seguridad: brindar herramientas para estudiar, aprender, desarrollar capacidades, fortalecer vínculos y construir un proyecto de vida diferente.
“A veces, mientras una persona ensaya un personaje, también comienza a ensayar una versión diferente de sí misma”, expresó.
González Martínez recordó además que asumir las consecuencias de las propias decisiones no impide construir lo que sigue: “El pasado no puede reescribirse, ni debe negarse. Pero ninguna historia tiene por qué terminar necesariamente en su capítulo más difícil”.

La Secretaria de Cultura de Guanajuato, Lizeth Galván Cortés se destacó que el Proyecto Ruelas recupera la vocación comunitaria que dio origen al Festival Internacional Cervantino y reconoce el acceso a las expresiones artísticas como un derecho. El teatro, señaló su titular, exige escuchar a la otra persona, asumir responsabilidades, cumplir
compromisos y sostener un trabajo colectivo, capacidades que adquieren un significado particular dentro de los procesos de reinserción social.
El director general del Sistema Penitenciario Estatal, Julio César Pérez Ramírez, recordó que el trabajo que llegará al Cervantino no se limita a quienes aparecen frente a las cámaras. Las personas privadas de la libertad participaron también en música, danza, vestuario, escenografía y producción, acompañadas por las distintas áreas del Centro. “La reinserción social se construye también a través del arte”, señaló.
Dentro del Ceprereso de Guanajuato, todo está listo. También las catacumbas, el vestuario y las espadas que durante meses pasaron de mano en mano hasta convertirse en parte de otro tiempo y otro lugar.
Cuando comience la función, alguien será D’Artagnan; alguien más, Milady; aparecerán Rochefort, Porthos y Tréville, y por unos momentos los muros serán reemplazados por el universo de Alejandro Dumas.
Después se apagarán las luces y cada persona volverá a su realidad. Pero algo habrá quedado grabado. Cuando Más allá del honor encuentre al público del Festival Internacional Cervantino, también lo harán meses de ensayos, manos que construyeron escenarios, voces que aprendieron a proyectarse, compañeros que sostuvieron a otros y familias que estuvieron ahí para mirar.
Porque esta vez no serán ellos quienes crucen los muros. Será lo que fueron capaces de crear juntos, en comunión con el máximo lema de hermandad extraído de la obra de Dumas: “Uno para todos y todos para uno”.