
Su historia comienza en casa. Fue su madre quien inició el negocio hace 33 años, en un momento de necesidad económica. Pan bazo, pozole y patita en vinagre formaron la base de un proyecto que creció con trabajo constante y sabor reconocido. Chely se integró de manera natural. “A mí me encantaba. Vendíamos sólo los sábados y yo ya quería que fuera sábado para venir a ayudarle”, recuerda.
Desde hace 11 años, Chely cuenta con su propio espacio y consolidó el legado familiar. Hoy, su cocina sostiene a toda la familia: su esposo, su hijo y un sobrino trabajan junto a ella. “Ya somos la tercera generación. Primero fue mi mamá, ahora soy yo y mi hijo ya tiene proyectos propios”, comparte con orgullo.
El platillo que distingue a San Francisco del Rincón y que define su propuesta es el pambazo, preparado con un pan especial de la región, más suave y de mayor tamaño que el tradicional. Esta singularidad dio origen al Festival del Pan Bazo, que se realiza cada septiembre y reconoce este alimento como parte de la identidad local. “El pan es lo que nos distingue. Se hace aquí y no se parece a ningún otro”, explica.
Chely respeta la receta base —frijol y papa— y también incorpora variantes que el público solicita, como chorizo o carne molida. “El cliente manda. Yo preparo el pambazo y también me lo como. Digo que me como de mi propio veneno”, dice entre risas, reflejo de una cocina cercana y honesta.
Ser cocinera tradicional cambió su vida. Enfrentó momentos difíciles y encontró en la cocina una salida y una oportunidad. “De aquí salió para la escuela de mis hijos y el sustento de mi casa. La vida da vueltas y la cocina nos sacó adelante”, afirma.
Chely González representa a muchas mujeres que, desde la cocina popular, construyen identidad, economía familiar y orgullo comunitario. Su invitación es a probar la comida de Guanajuato, regresar por ella y reconocer que en cada platillo hay historia, esfuerzo y corazón.